
Cada momento que vivimos está acompañado de una melodía. Si escuchamos la canción adecuada en el instante preciso nuestro estado de ánimo cambia radicalmente y nos damos cuenta de que la vida es un poco mejor gracias a la música. Es entonces cuando creo que alcanzamos la inspiración.
Adoro escuchar música mientras camino o cuando viajo en autobús y miro melancólicamente a través de la ventana. Es como si yo ejerciera de nexo entre lo que escucho y el paisaje que visualizo, y a cada paso que doy o a cada kilómetro que recorro, plantase una especie de armonía enlatada en una máquina extrafina con pantalla y un botón-ruleta en el centro. En este momento mi mente consigue desprenderse de mi cuerpo, pero basta una cara conocida en la acera de enfrente o un inoportuno peaje para anclarla de nuevo a mi armadura vacía. Y es así como vago por la calle cuando mis tímpanos se transforman en magníficos percusionistas y mi cabeza en un globo de helio.
En una de las esquinas del techo de mi habitación apareció hace unos meses una mancha negra del calibre de una gotera. Mi madre no se decide a pintarla porque cree que si mantengo la ventana abierta constantemente acabará secándose. Piensa que es una humedad producida por los cambios de temperatura repentinos, pero se equivoca, yo sé lo que es en realidad. Son los restos mortales de todas esas canciones que escuché alguna vez enclaustrada en mi habitación y que deseaban evaporarse y fundirse con el viento. Es música muerta.